Jefes que también son empleados

art-194753_1920Mi jefa era una de esas jefas que bien podía haber salido del guión de una película de Paco Martínez Soria. Siguiendo las pautas del ordeno y mando todo se simplificaba y también se extremaba: o blanco o negro. Lidiar con los grises, tener en cuenta distintos factores y el peso de los mismos en la toma de decisiones, complicaba las cosas. No obstante,  en líneas generales, ninguno dudamos nunca de su profesionalidad e implicación. Estaba totalmente volcada en la empresa.

Aun así, confesaré que me ponía muy nerviosa. Siempre que se dirigía a mí, sentía que me examinaba buscando un fallo o un silencio, pese a que probablemente sólo fuera una cuestión de estilo comunicativo. Ya que era una sensación compartida por el resto del equipo.

Pero en algún momento, sin que ocurriera nada especial, comencé a preguntarme por las razones de mi estado de alerta, cuando siempre habían primado el respeto y la educación por ambas partes. El noventa por cien de las veces yo respondía correctamente a sus peticiones. Y si me equivocaba, rectificaba sin dramas porque sabía que podía tratarse de un despiste o un malentendido, pero nunca algo que había hecho a la ligera. Digamos que combiné algo de efecto Galatea y de perspectiva analítica aplicada con honestidad.

Decidí que si yo era una persona competente y profesional, no había motivo para temerle. A partir de ese momento en que la despojé de poder y arbitrariedad, mis recursos mentales se desviaron a otros aspectos descubriendo que tras ese muro de férrea perfección, no sólo había una jefa de técnicas y recursos obsoletos, también una mala empleada.

Me fijé en algunos aspectos de su jornada y descubrí que trabajaba con lentitud, se perdía entre distintos ladrones de tiempo, afrontaba con mucho estrés cualquier tarea nueva o petición urgente, lo que le llevaba a confundir prioridades, y ante las dificultades que surgían en la gestión del equipo acudía rápidamente al director para que éste nos sermoneara de manera paternalista y generalizada.

Cuando establecí una comparación entre iguales, entendiendo iguales bajo la premisa de que ambas éramos empleadas de la empresa que realizan el trabajo que les corresponde según su puesto, dejando de verla como una superiora en la jerarquía de la empresa, mi valoración cambió por completo. No se trataba de criticar a la persona responsable por el mero hecho de no compartir criterios. Tampoco era sólo cuestión de desmitificar, además había que tomar cierta perspectiva y analizar puesto de trabajo, responsabilidades y tareas, gestión de las mismas y resultados porque mi jefa también era una empleada.

Por supuesto, establecer ese paralelismo era posible sólo parcialmente y no iba a modificar otra cuestión salvo mi manera de afrontar una situación que me resultaba estresante. Pero desde estas líneas te invito a realizar el ejercicio y ver los resultados. Mirar en paralelo.

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Externalizando sin prisa pero sin pausa

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La limpieza del hogar siempre resultó una tarea que despertaba en nosotros pereza y ninguno queríamos asumir. Probamos distintas opciones, y continuó siendo tedioso. Finalmente, decidimos externalizarla y así fue como contratamos a una estupenda profesional. Puede sonar a chiste, pero yo me lo tomé como lo haría en el plano laboral porque en numerosas ocasiones, aquellas tareas en las que no se es eficaz o eficiente o aquellas que no compensan en dedicación y que tampoco son fundamentales para una organización, se opta por profesionales externos. La rapidez de respuesta y la reducción de costes son los primeros aspectos que convencen pero hay que ir más allá.

Primero deberíamos saber qué procesos o áreas son claves y aquellos que definen la singularidad de nuestra empresa, pues no sería aconsejable externalizarlos. Concretar qué aspectos y en qué grado, estudiar a conciencia las distintas propuestas, conocer la empresa o profesional en quienes vamos a depositar nuestra confianza (referencias dentro del sector, situación económica, empresas con las que trabaja, etc.). Llevado al ejemplo casero, no dejarnos seducir por el primer impulso, pedir presupuestos, referencias, decidir qué va y qué no va a hacer la empleada de hogar, etc. Cuanto más claro lo tengamos, mejor.

¿Qué nos aporta esa externalización? La respuesta a esta pregunta debería incluir resultados cuantificables. En nuestro caso, si bien no se produjo una reducción de costes, aumentamos calidad y cantidad de tiempo que fue invertido en otras actividades e incluso en las que ya se hacían, pero mejorando. En resumen, ahora que hemos ganado tiempo: ¿en qué lo invertimos? ¿Qué pasa con el personal?

Convendría hacernos ambas preguntas antes de realizar los cambios ya que seguramente necesitaremos redefinir tareas o procesos y probablemente puestos de trabajo. Se trata de mejorar nuestra competitividad y rentabilidad general no sólo introduciendo cambios si no mejoras de las que se puedan beneficiar el máximo de áreas. 

Por último, otros dos aspectos a tener en cuenta son el cuándo y el cómo. ¿Hemos elegido bien el momento de introducir el cambio o de repente uno de nosotros llegará a casa y se encontrará a una extraña moviendo los muebles?, ¿se realizará progresivamente siguiendo unas etapas o de una sola vez? ¿Hemos preparado un plan de comunicación?

La externalización suele llevar aparejada una rumorología poco conveniente si se quiere implantar con éxito. Y por tanto, no sólo será necesario vigilar de cerca el clima laboral si no también la reacción de nuestros clientes y el impacto en los distintos tipos de resultados. En nuestro ejemplo, nadie temió por su puesto dentro de la familia, pero más de uno se ha vuelto ordenado y cuidadoso como nunca.