La importancia de la Actitud

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Sin llegar a decantarnos por un adjetivo, ya sea actitud positiva, negativa, proactiva, etc. Sólo el hecho de reflexionar sobre el término nos lleva a otorgarle una relevancia de la que con frecuencia no somos conscientes. Entrar en un banco o una tienda, la manera en que somos recibidos, los gestos, las palabras y lo que resulte de la conversación, mucho tiene que ver con la actitud. Entendida como esa predisposición inicial para resolver, crear cierta hostilidad o provocar el desconcierto, va a condicionar mucho lo que sucederá después. Tal vez salgamos de aquella oficina o  ese local satisfechos, enfadados o frustrados por la actitud de quien nos atendió, por la nuestra o por el choque de ambas.

En la literatura sobre el término encontramos muchos estudios educativos que reflejan la influencia de las actitudes de profesores y familiares en la conducta de niños y adolescentes. ¿Y qué pasa cuando somos adultos? Inevitablemente la actitud de quienes nos rodean y la nuestra lo impregna todo.

Hace poco hablaba con el responsable del cambio en la cultura organizacional de una mediana empresa que aspira a convertirse en referente de su sector. En la actualidad se trabaja la coherencia con los valores a todos los niveles de la compañía, el compromiso y la participación del personal. Me comenta cómo un grupo de buenos/as profesionales han rechazado la “pertenencia a una secta” y no creen que sea necesario ningún otro compromiso salvo el de la asistencia y la responsabilidad a la hora de cumplir con sus objetivos. Me lo relata sorprendido porque no cree que se pueda hablar de uno mismo como un autómata y porque la gestión de personas ha cambiado mucho desde los tiempos del Taylorismo. Esa actitud o falta de actitud, es inviable. Pasamos tanto tiempo en el trabajo que en ocasiones llega a ser nuestra segunda casa ¿podríamos llegar a nuestro hogar, saludar, poner la lavadora, hacer la comida, pagar las facturas, ver la tele, dormir y marcharnos?¿podríamos hacerlo durante un año, diez o treinta? Si alguien tiene una respuesta afirmativa para estas preguntas, sin mayor implicación ni con las personas que residen en esa casa ni con una mascota que le espere impaciente, entonces ya no se trata de una cuestión de actitud. Es algo más grave.

No podemos simplificar nuestra aportación a una organización diciendo que cumplimos con nuestro trabajo. El doctor que teclea compulsivamente en el ordenador mientras intentamos contarle nuestros males o la responsable que nos escucha con atención mientras le ponemos al día de algún asunto, también están haciendo su trabajo y sin embargo, ¡qué gran diferencia!

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